25 de Abril 2003
Fraternidad
Rolando Lazarte

Ya no escribiría más poesías. Un dolor le apretaba el pecho, el estómago. La vida otra vez ficaba distante, como detrás de un vidrio. Como cuando la guerra. La Hermana Ana continuaba haciendo sanguchitos.

En la sala del Clube Cabedelo, un minuto de silencio. La rueda de los agentes comunitarios de salud era un niño de párpados cerrados. Una emoción le sacudió al ver María rodeando el círculo, encantando. Era la segunda sesión de sensibilización para promoción de la salud mental en el municipio.

Amor. Fe. Bailaban juntos, todos a la vez, al son de ABBA. Fernando. El mundo había parado para que todos se movieran juntos al compás de la música. Divisaba el rostro de su amada en medio a las personas ritmadas.

Ana María coordinaba hemisferios derecho e izquierdo, al compás de mandalas y compañías invisibles que le recorrían la piel y el corazón. Ramón rondaba por allí. Un niño grande escuchaba admirado. Era Pádua. El Tao de los líderes.

Las vivencias colectivas de solidaridad son verdaderos sacramentos de comunión, recordaba las palabras de Lucho. Los Compañeros y compañeras de La Fogata, La insignia, Consciencia, A Arte da Palavra, ADITAL. Luciano. Pelusa. Leo. Natalia. Lilian. Ana Romeo.

Ahora tenés un motivo para vivir, recordaba Rodrigo en su pecho. La alegría de Carolina, estudiante de medicina viendo otro horizonte en el Programa de Saúde da Familia. La fe y el estímulo de sus padres alentaba.

Un esquizofrénico recuperado por su familia. La alegría de la madre, victoriosa, que lo rescató del estigma y de un fierrazo en la cabeza y de la exclusión, el confinamiento. Qué loco estoy queriendo rescatar?

Venían las memorias en el canto del viento. El rompecabezas se formaba. Municipios saludables empiezan por casa. La Carta de Ottawa. Otra vez el orgullo del trabajo recuperado. Otra vez el orgullo de ser sociólogo. Chico.

Se miró al espejo y agradeció. Un par de años atrás, pensaba, no era capaz de salir a la vereda, de caminar hasta la Fundação José Américo. Agradeció a Dios la vida que le fuera devuelta. Y vio en su corazón todo el amor.

Supo que eran parte de una fraternidad. Era justo. Fraternidad y Esperanza. Los agentes comunitarios de salud tendrían sus derechos laborales reconocidos. No sólo la buena voluntad, inmensa, cuenta. La dignidad del trabajador.

Llegaba la noche y las memorias. Un rosario silencioso se desgranaba. Lucia Esther. Ramyata. Renascimento. El príncipe de las mareas. Chopin. La puerta se abre. Respire. Los Andes. Nieve. Sobrevivencia.

Rolando Lazarte [lazarte@sobral.org]


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