Creándose

Rolando Lazarte

A veces uno no tiene nada que hacer, y entonces se pone a escribir lo primero que se le ocurre. Como ser que decidió poner en una caja bajo llave, en un compartimiento cerrado, las rabias y decepciones que lo aprerrearon durante todos estos días pasados. Hace un ratito el cielo estaba precioso, celeste, y se veía esa claridad eléctrica contra la silueta de los edificios para el lado del poniente. La ciudad en la noche que empieza. Las luces rojas y blancas de los autos. La gente en la panadería, en las veredas, yendo y viniendo. De mañana viste la tapa de tu libro nuevo, y una alegría te vino adentro. La vida da muchas vueltas. El otro día viste una de tus chinelas apoyada en la pared, al levantarte por la mañana. Te detuviste un instante a mirarla. Era algo nuevo, diferente.

Otro día, fue el recuerdo de un jarrón. Pero no era un recuerdo, era una imagen.  Un jarrón en un rincón marrón, como de tiempo. Y tuviste entonces la sensación de que esa imagen sería el comienzo de tu novela. Una novela que se escribe de a pedazos, que de pronto ya está tan escrita, y tú andando en ella. Hay cosas que quisieras decir, pero no se dejan traer a la hoja. Siempre habrá más por decir que lo dicho. Esto lo sabe cualquier escritor o escritora, pero me gustó leerlo en Bradbury. Saramago alguna vez dijo algo sobre esto, del trabajo que da el escribir, decidir qué vas a decir, cómo lo vas a decir, y decirlo.

Me gusta el mundo de los escritores y escritoras. Es un mundo abierto, son mundos abiertos, siempre por ocurrir, y ocurriendo. Cortázar me ha dado muchas alegrías en este último tiempo, con relatos sobre su vida, contenidos en La vuelta al día en 80 mundos. De cómo no se encontraba en el mundo que podríamos llamar “normal” (no sé cuál es la palabra que él usa), pero se encontraba de lleno en los libros. De cuerpo entero, dice. A veces me siento un poco así, o mucho así, muy encontrado en los mundos literarios, en los cuentos, mansiones, lagos, montañas que ví, que leí.

Nunca hice una diferencia muy marcada entre lo vivido y lo escrito, dice Cortázar en ese mismo libro. Y ¿qué diferencia hay? Si después de tantos años de escribir, pues has estado escribiendo toda tu vida, sos el personaje que creaste, en la historia que creaste. Uno disfruta del hecho de ser el autor de su propia vida. No se cansa, no se aburre, y si se aburre, crea otra historia, cambia de página. Es muy lindo, te lo puedo asegurar.

 


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