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Carta de un caballero sudamericano a un editor europeo
Por Rolando Lazarte, 12/1/2006


Entre los años de 2005 y 2000, realicé un viejísimo sueño de juventud: ser periodista. Entre una y otra fecha, tantos procesos personales y grupales, la aparición de Mosaico, la partida de Diogo. La resurrección argentina, la reemergencia brasileña. La rectificación de rumbos en esa ardua y preciosa arte de escribir. Se. Comunicar se. Hacer se en el oficio de poner en una pantalla de cristal o en una hoja las palabras que se van y vienen. Los primeros escritos en La insignia decían de los procesos de recuperación de la memoria de los sobrevivientes de la matanza institucionalizada ejecutada por los regímenes dictatoriales de América del Sur. Sur, paredón y después y Argentina, ayer nomás, si no me engaño, fueron los primeros textos que vieron la luz en la red mundial de computadores, bajo la estrella roja del diario a quien León Felipe dio el nombre y la insignia.

El último texto que envié a la redacción del diario dirigido por Jesús Gómez Gutiérrez, si no me equivoco, se llamaba “¿Qué proceso?”, y dice respecto a la resiliencia, un proceso personal que nos torna fuertes ahí donde las circunstancias casi nos quebraron. La debilidad que se hizo fortaleza. El texto nunca vio la luz, pues de mi parte la ansia de verlo publicado me hizo acompañarlo de una frase que me transformó en un excluído del diario para siempre: si no lo publican no colaboro más. Tuve como respuesta un mensaje en que se me decía que, de hecho, mi actitud irrespetuosa –no sé si era esa exactamente la palabra—me había transformado en un ex-amigo de la publicación, un ex–colaborador de La insignia. Nunca se cierra una puerta sin que se abran otras diez, otras cien, otras quinientas. Dí lo mejor de mí en los textos que el diario publicó, y que frecuentemente fueron elegidos por los lectores como los más leídos.

Pero hay un tiempo para todo. Un tiempo de publicidad y un tiempo de recogimiento. Desde que se me cerraron las puertas de La insignia se me abrieron las de la integración efectiva en el proceso de reconstrucción personal y social que llamamos entre nosotros “reforzando vínculos solidarios”, “contruyendo redes de apoyo psico-social”. El editor y su equipo, si de hecho así funciona la selección de materias que efectivamente van al aire en el diario español, no dieron un paso atrás en reconsiderar las razones que llevaban a un sobreviviente del terror videlista tan bien conocido –se supone—por los españoles –al menos aquellos que tienen alguna vinculación con la lucha por los derechos humanos—a querer a toda costa, a todo precio, ver estampadas en el diario hasta entonces tan querido, tan identificado con mi propia persona que muchas personas me felicitaban por “mi página” al referirse a los artículos que publicaba bajo la estrella roja de León Felipe. Errar es la forma cierta de acertar.

Dice Emmanuel, el espíritu que se comunica a través de Chico Xavier. Nadie va hoy, ni fue ayer, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios. Estas son palabras de León Felipe. Y más que un bello epígrafe, más que un mero verso, son la quintaesencia de la realidad humana que me toca vivir, a la cual estoy amalgamado, y en la que creo a pie juntillas. El ateísmo de quien quiera que sea no me dice respecto, ni el “izquierdismo” u otro rótulo cualquiera hace a nadie mejor ni peor que nadie. Con los quilometrajes rodados a esta altura de mi camino, aprendí a escuchar con mucha atención todos los discursos, vengan de donde vengan, pero con el corazón. Y a juzgar más por las obras que por los dichos. En momentos en que la Argentina se levanta la cortina de impunidad que protegió el oprobio y la ignominia del fratricidio perpetrado por las fuerzas armadas y sus cómplices civilesaunque, ciertamente, muy poco civilizados, en momentos en que en Brasil se pone a descubierto la maniobra de retroceso de la parte más hedionda de la oligarquía con su poderosa aliada la prensa venal, es crucial que quien se puso en esta trinchera, ponga los puntos sobre las íes, ante sus lectoras y lectores, ante editores radicales en el “no perdonarás” y en la antireligiosidad transparente en el tono general del diario a quien me dirijo.

La voz del pueblo es la voz de Dios, sí, y Weber esperaba una psicología genética, sí. Y si aún no son capaces los europeos de distinguir institución y carisma, puede ser por falta de lectura de este clásico de la sociología a cuyo estudio dediqué larguísimas jornadas de mi vida. Si todavía confunden “el vaticano” o “la curia romana” con el cristianismo, es que no han entendido nada de lo que el único verdaderamente sociólogo cristiano y científico –note bien: cristiano y científico—de la religión dejó como enseñanza fundamental: Tu eres Aquello. El Tat tvam asi de los hinduístas. El Weber que recuperé de la deformación academicista y materialista es el genio que devuelve a cada ser humano la responsabilidad en última instancia del infierno o del paraíso en que decide vivir. Cada uno es su propio daimon. Cada uno su propio Dios, el creador de su propio mundo, como bien lo señala, con palabras textuales, el autor de La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

Esta radicalidad esencial no interesa a quienes por mirar tanto a las instituciones, se olvidaron del espíritu que se manifiesta tanto en el ser humano individual como comunal ytambiéninstitucional. Y si las tesis weberianas sobre el futuro de una civilización que se despojó de sus ropajes religiosos para asumir abiertamente el materialismo, la ganancia, el lucro, como valores supremos, hay que tener muchísimo cuidado en resbalar en la trampa de levantar banderas de redención social sobre la égida de ese mismo materialismo. Como si los latinoamericanos no tuviéramos nuestras raíces religiosas vivísimas y coleando, gracias a los Dioses y Diosas. Y si seguimos de pie y luchando, de maneras tan poco comprensibles para el capital sin patria ni Dios, es porque no nos hemos despojado de la fe y la esperanza vivas, la comunión viva con el Espíritu que rige nuestras vidas y que se manifiesta en todo lo que existe, en cada cosa creada. En la vida y en la muerte, en la suerte, el destino, la solidaridad.

En tiempos en que la longevidad personal y generacional generosamente permiten revisar,  puedo recordar cuánto se jactaba la izquierda argentina de su ateísmo materialista. Cómo se burlaban de quien quiera que manifestase su religiosidad, fuese protestante, hinduísta, y aún católica. Tanto habían incorporado la errónea creencia de que la religión es el opio del pueblo, acríticamente arrancada del contexto en que Engels y Marx la enunciaran, que hasta aquellos de raíz cristiana, aún militantes de vertientes comunistas o montoneras, como que hacían esfuerzos descabellados para mostrar a los demás que eran creyentes pero no mucho. No juzgo la fe de nadie. Pero me niego a ser complaciente con dobleces ideológicos que nos costaron años de dolor y lucha por la recuperación de la identidad, la historia y la memoria. Cada uno con su conciencia y yo con la mía. Conocí en Paraíba, Brasil un cristianismo que desconocía.

Al cual me vine acercando y con el cual me vine afinando con las cautelas y prejuicios de quien se creía, como yo, por encima de esos simplismos contradictorios usados por la burguesía para mantener a las masas dominadas. El estudio en profundidad de Weber, fuera del cenáculo académico tanto como dentro del mismo, me fueron trayendo para un tesoro que siempre había estado allí, y que mi propio camino esotérico proponíacomo toda tradición alquímica, espiritualistacomo el sumo bien: conócete a ti mismo. Haz de tu corazón tu tesoro. Era muy simple. Y no difería de la enseñanza de Jesús. Obviamente esta conversión sin salir del lugar, se dio después de romper con la institucionalidad de la Orden a la que pertenecí por largos años. Hay que romper el huevo para que nazca la gallina. El pollo, lo que hay adentro. Esta es una metáfora alquímica muy bonita y muy antigua, que los rosacruces rescatan, y conviene recordar. Una escuela es un lugar de paso. Toda escuela lo es. Cuando se pretende eterna, es una prisión. No importa la bandera, la insignia, el signo: ya no es liberación.

Es opresión. Y no pretendo dar lecciones a quienquiera que sea. Apenas trato de no desaprender las mías, muchas veces construídas en diálogos francos, frontales y no tanto, con los profesionales del periodismo donde tuve el tino o destino de enviar mis textos. Unos queriendo exclusividad. Otros creyéndose únicos, mejor es que los otros “alternativos”. Algunos tan profesionalistas que ignoran las grandes causas que se cobijan en personas y actitudes imperfectas. La historia camina a grandes pasos. Treinta años no es nada en el andar del inmenso reloj de arena del tiempo. Hay sitios cristianos donde se me excluye sin darme razones. Sitios aparentemente anárquicos donde se poda mi religiosidad. Sitios especializados donde a mucho costo y por poco tiempo consigo un espacio al margen. Sitios de izquierda donde se me trata de arrepentido. Sitios sindicales y literarios en que las grietas empiezan a abrirse. La última palabra la tendrá siempre el lector. El segundo Mosaico viene armándose.

Como dice Paulo Freire, somos eternos aprendices, y quien viva verá. Agradezco a cada editor de cada diario, revista o sitio que dio un lugar a los relatos de experiencia en los cuales, con los cuales y por los cuales me vine reconstruyendo y lo seguiré haciendo, y agradezco también a quien calladamente me cerró la puerta para siempre, obligándome, río del desierto, a andar bajo la arena en busca de otros hilitos de agua no por menos visibles menos numerosos. Sigo creyendo en la palabra que libera, en el dolor que redime, en la fe activa que reconstruye, y de todos los vehículos en que pude mostrarme y mostrar el proceso personal y colectivo de reconstrucción que es el fundamento de la resiliencia, piedra clave de nuestro trabajo de promotores de la salud comunitaria, no hay duda que La insignia es el que más tolerancia tuvo, aún con todas las limitaciones de quienes se creen dueños de la verdad desde una postura elitista no exenta de una sensibilidad profunda y solidaria con los grandes procesos latinoamericanos del tiempo presente. Muchas personas de este vasto ejército de hormigas de que formo parte, vibraron al encontrarse reflejadas en las crónicas que la estrella roja de León Felipe cobijó. Nada dura para siempre.

No somos perennes ni las personas ni las cosas, todo es una letra silenciosa de esa eterna escritura indescifrable cuyo libro es el tiempo, como dice Borges. Por las grietas, Dios acecha. Sea desde la Imitación de Cristo, el Evangelio de Ramakrishna, el altar que en tu corazón y en tu casa fuiste capaz de levantarle a tu Dios. Nuestro trabajo es ecuménico de verdad, no excluye ninguna forma de religiosidad. No se cerca de sectarismos, propios de cenáculos sin profecía donde la vanidad se entroniza con facilidad, donde la verdad cede a la conveniencia con frecuencia, donde el burocratismo mental y cotidiano ocupa el lugar del carisma. En un mundo donde la muerte es una cazadoraese es el mundo del hombreno hay tiempo para mezquindades. Para bien o para mal, ese es el mundo en que nos toca vivir. Latinoamericanos, sudamericanos, nordestinos, migrantes, retirantes, la vida nos puso a prueba y lo sigue haciendo día a día. Una esperanza acaba de entrar en la cocina. Un nuevo día se aproxima, en la oscuridad de la noche. ¿O sería una cigarra? Talvez sí. Talvez no. ¿Quien sabe?

Hay una trama invisible que ha de seguir siéndolo por necesidad. Sólo puede seguir su destino en el anonimato, lejos de la expectativa y del brillo que ofuscan. Yo les agradezco sinceramente el trecho significativo en extremo que transitamos juntos, lamento sinceramente la falta de diálogo típica del autoritarismo que me dejó fuera del periódico y que, al mismo tiempo, me puso en mi lugar en cuanto a intempestividades se refiere, por un lado y fidelidades se exigen, por otro. No hay errores, hay correcciones de rumbo. Sigo buscando a Verbitsky, a Esquivel, a Virginia Giussani, a Juan Gelman. A Rolando Lazarte. Este último, cada vez menos en el palco de la gran prensa, no importa el rótulo que asuma. Cada vez más una partícula de polvo en el camino. Talvez un día vuelva a entrar en vuestros ojos.

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Rolando Lazarte é sociólogo (Doutor em Ciência) e membro do Grupo de Estudos e Pesquisas em “Saúde e Sociedade” da UFPB, autor de 'Max Weber: Ciência e Valores' (São Paulo, Cortez Editora, 2001, 2ª edição). Texto de 22 de agosto de 2005. Contato: elzarat@yahoo.com.br 

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