| Viaje
a Teotihuacán
Por Rolando
Lazarte, abril/2005
Intentaría lo imposible: escribir un libro en 30 días. Talvez fuesen 30 minutos. No sabía, lo que sí tenía en claro es que no podría eludir la tarea antes del próximo viaje a Montevideo. Sería la fundación de Mocoretá. En Uruguay, en Mayo 2005. El mero escribir la fecha y el lugar, el nombre del Movimiento C. R. Tabaré, arrepiaba sus plumas. La serpiente despertaba del largo sueño embrutecedor a que fuera sometida. América indígena no había hecho sino preservarse de la destrucción. Volvía de la Ciudad Sagrada de Teotihuacan, donde había pasado unas horas –¿serían horas?—subiendo y bajando pirámides. La del Sol, la de la Luna. Alrededor pululaban presencias indescriptibles. Un rehacerse interno y externo imposibles de traducir en palabras. Sin embargo debía intentarlo. Dejar sus hijos al margen del reencantamiento del mundo procesado en ese cortísimo período de tiempo, entre pirules (aguaribayes, en Mendoza) y ágaves, jacarandás y eucaliptos… por mi raza hablará el espíritu. Recordaba las palabras de su madre: la doble llama de tu corazón ilumina. Las jornadas con María, el hotel cinco estrellas en Pedregal, Periférico Sur. Royal, para servirlo. Carnes más tiernas que las argentinas. Botana. Tequila. Árboles secos brotando en rojo por la muerte del papa. Woytila caminando al infinito en una procesión de velas. Una galaxia acompañando el camino de vuelta a casa de un peregrino del amor. Un oficio sagrado, la vida. Fiesta. Aviones como corredores, ómnibus infinitos, las quesadillas, Coyoacán, las aguas de fruta (tamarindo, toronja), los amonitas, los bailarines en el parque de Tlalpan. Las presencias espirituales protegiendo los escaladores de las pirámides. Ni uno se cayó. Era como una Mendoza en México. Pero una Mendoza ancestral. No la conocida, sino la recordada. Una mandala viva. Los materialistas no pasarían, Había, hay, una fuerza incontenible que si se descuidan les dará una zurra. Bajo el mundo ordinario y entre medio, los cristales guiñan los ojos, los espejuelos reflejan una cara nueva que sonríe, que ve el lado alegre del mundo, que bromea con quienquiera que sea, que sabe que no tiene mucho tiempo. Los rostros pasaban como en un rosario infinito. Soledad, Mary, Rosa María, Hugo, Rosi, Nidia…..los pájaros cantando en la casa que era una telaraña, un nido acogedor en la frontera de Xochimilco. Pájaros de ayer en el hoy. La trajinera deslizaba y las gallaretas rebuscaban en sus plumas. Un ejército de pelicanos deslizaba circundando el viaje y el tiempo se deshacía en cantos callados. Cómo te extraño, mi amor, por qué será. Me falta todo en la vida si no estás. Como te extraño, mi amor, ¿qué debo hacer? Te extraño tanto que voy a enloquecer. Ay, amor divino, pronto tienes que volver a mí. La misa del 2 de abril en la iglesia de la Inmaculada. Tienes un don. Era Dios mismo hablando. Recibía la comunión como un vaso abierto. Los acólitos y la mujer cantando y tu hermana al lado…tan sólo…..un minuto nomás. Andaría otra vez cincuenta veces hasta hallarte. Sabía que era inútil, y sin embargo debía intentarlo. No pasarían los invasores hacia el sur. No habrá invasión, esto es una materia de hecho. No tenía la menor duda a este respecto, pero si le preguntaran las razones apenas sabría decir: lo sé porque lo siento”. No sería un libro. Serían unas hojas. Tres, talvez. Cosiendo parentescos inmediatos. Reconociendo, reconociéndose, recorriendo caminos recorridos por sus padres, ancestrales, presencias acogedoras y protectoras que propiciaban la inmediata resurrección. Volvía a encontrar su lugar en el mundo. Ahora se dibujaba la cordillera chilena, el Uruguay corriendo como un cielo azul que viaja, hacia el sur. Sur sin paredón. Apenas caracoles enrollados y un pecho abierto al soplo infinito y diverso. Había vuelto más gente. Ya nada importaba. Sólo contaba el mudo reconocimiento a cada gesto, a cada atención recibida, al escondido aliento por detrás de cada bocado, de cada trago, de cada paso, de cada respiración. La doble llama de tu corazón brillaba. No sería un artículo para una revista. No sería nada para vender. No una ponencia para un congreso. Apenas un viaje de regreso. Volver a Teotihuacan. En la madrugada pessoense, pessoana, las grietas de un Dios acechante marcando sueños, sombras y formas, tejiendo y destejiendo la vida y asomándose por el horizonte aún cubierto por el canto incesante del grillo. Guardaria en el interior y en el exterior de su piel, de sus huesos, aquello que solo el alma sabe, que es un recuerdo de los Creadores y Formadores. Un alivio sin fin le desocupó el alma. Era un recuerdo de lo eterno. Nada más ni nada menos. Ahora sabía. “Más allá de este afán y de este verso me aguarda inagotable el universo”. Borges escribiera esas palabras así como aquellas otras: “Ya todo está. Los miles de reflejos que entre los dos crepúsculos del día, tu rostro fue dejando en los espejos, y los que irá dejando todavía.” Sabía de un modo incierto pero indiscutible, que iría nuevamente a las pirámides blancas de oricalco donde el Sol se reflete como que recordando la eternidad de lo que existe. Eres un recuerdo de lo infinito. Vería otra vez los antiguos caminos y volvería. Sí. Volvería a Teotihuacan, de donde nunca se había ido. Ya no el del mapa. El del lugar a donde puedes llegar en auto o bus. Pero a aquel guardado en la intimidad de tu cuerpo, en tu materia, en lo que de ti sobrevivió y sobrevivirá porque nunca nació ni morirá. Ahora sabía. Eran tres días. Antes del comienzo y después de la consumación. Nacía, a la vera del Uruguay, el MoCoReTá. Tá, tá, tá. Cálese, cálese, você me deixa louco… El agua de flores, los vendedores de frutas, las papayas gigantes, las palabras de Gandhi. El canto azul del benteveo anunciándole que había vuelto a casa. La caja susurrante guardando las palabras imposibles de pronunciar. Pero lo intentaría. Sí. Intentaría una vez más. Como quien trata de arrancarle acorde a la guitarra. Consultor. Oye secretos y los cuenta en secreto. No podía dejar de compartir la paz indescriptible, la certeza imaginaria, la sensación de completitud que le acompañaba desde que había vuelto a respirar el aire mojado a tierra. Ya no
importaba nada. Sólo seguir el camino del indio. Azteca, Charrúa,
Mapuche. Al sur, siempre hacia el sur, como Cortázar dejara escrito
en 1977: Después hay que llegar, no sabes bien a dónde
pero llegar. El camino del corazón.
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