| Argentina:
No hubo guerra
Por Rolando
Lazarte, diciembre del 2004
No hubo guerra, y sin embargo más de 30.000 personas desaparecieron. Secuestradas, torturadas y asesinadas por las fuerzas armadas. Las distintas tentativas de caracterizar la masacre como conflicto bélico ("guerra sucia", "guerra de baja intensidad, " guerra interna") tropezaron en una dificultad insalvable: apenas había un bando armado. Era el ejército "argentino". Las víctimas, hasta donde se pudo averiguar (CIDH-OEA, CONADEP) eran en su mayoría gente del pueblo. Una pequeña parte militantes sindicales o dirigentes políticos y figuras proeminentes de la cultura y el arte. La tentativa de caracterizar como "subversivos" o "subversivas" a las personas desaparecidas, tropezó con otra dificultad insalvable: no había, al tiempo de su desaparición, ninguna organización opositora al régimen militar. La banda montonera había sido asumida por la inteligencia militar en 1973, según testimonios incuestionables de los Giussani y Juan Gelman. De modo que lo que ocurrió en Argentina a partir de 1976 oficialmente --extraoficialmente al menos desde 1972-- fue lisa y llanamente una operación masacre, un genocidio, como vienen insistiendo las organizaciones de derechos humanos. Alemania, España, Italia, Suecia, Francia, vienen reclamando lo que los argentinos y las argentinas vienen exigiendo: que se investigue a fondo la represión estatal, el terrorismo de estado, la vasta operación de amedrentamiento colectivo ejecutada contra la población civil desarmada por el ejército de Videla, la cúpula empresarial y la jerarquía eclesiástica, con apoyo del gobierno de Estados Unidos. Esos países viene pidiendo que se castigue a los asesinos de ciudadanas y ciudadanos de su bandera, que perdieron la vida bajo la tiranía videlista. Palestinos y árabes comparten nuestra suerte, pues a su favor no hubo unas Naciones Unidas que pudiera protegerlos, aunque sí hubo la protesta mundial contra la agresión constante de que son víctima. ¿Víctima? No sé si es la palabra correcta. Creo que no. La víctima es un derrotado. Los argentinos no hemos sido derrotados. Al contrario. No sólo conseguimos juzgar y condenar a los genocidas, mediante la condena civil que los obliga a vivir escondidos y en perpetua fuga de la civilidad que donde los reconoce los escupe. También conseguimos remover la Corte de Justicia servil que los protegía. Extinguimos el servicio militar obligatorio que ponía en manos de los asesinos la juventud del país. Estamos obligando al Fondo Monetario Internacional a moderar su ansia devoradora. Y, lo que no es poco, recuperamos la dignidad nacional al recuperar la alegría de la solidaridad fraterna que siempre nos caracterizó. Dejamos el dólar y recuperamos de a poco el valor del trabajo. La fe, la confianza, otra vez vuelven a ser la nota básica de la sociabilidad, fuertemente erosionada en los períodos militar y menemista. Los valores básicos se levantan nuevamente desde abajo y desde adentro. Y la hermandad con Brasil en diversos campos -entre los cuales la atención psicosocial, la promoción de la salud comunitaria- viene consolidando un destino común que supera barreras nacionales y enemistades artificialmente estimuladas. Quem
viver, verá.
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