Cuando veas las barbas de tu vecino quemar

por Rolando Lazarte, marzo/2005
 

Cuando veas las barbas de tu vecino quemar, pon las tuyas a remojar. Escribo a partir de los sentimientos de hoy, viejos sentimientos que te diría, miento, que son nuevos si dijera que no los tengo desde hace tiempo. Leo las palabras de Mempo Giardinelli en La insignia de hoy, el mismo que citara años atrás en mi “Argentina ayer nomás”, que la ADUFPB publicó con el título de Memória, História, Cenoura.

Era el primer artículo que escribía sobre el dolor que los acontecimientos que no debo nombrar me dejaron en el alma. Era el año de 1996 y la desaparición de uno más estaba por producirse. No se produjo porque Dios es grande. Busqué auxilio y tuve María a mi lado. Bruno mi sobrino de España me dijo por teléfono: “Ellos programaron la desaparición de ustedes también”. Entendí. En el umbral de la salud mental, entendí.

Sí. De hecho nos quieren hacer culpables de lo que hicieron en Argentina entre— por lo menos — 1976 y 1983. Nos castigaron sin habernos juzgado. Se niegan a presentarse a la justicia a responder por los crímenes de lesa humanidad que practicaron deliberadamente, miente quien dice que lo hicieron por engaño, sin darse cuenta, me equivoqué. No hay justicia en Argentina y hay que asumirlo. Lo mismo da un burro que un gran profesor.

¿Qué? Me confundís. Campos de concentración no se hacen por engaño. No se tortura por equivocación. No me amenazaron de muerte por engaño. La resolución 919 de la “intervención” militar en la Universidad Nacional de Cuyo — siempre nombres equívocos, es usurpación — decía bien claro: sos un subversivo. Un escalofrío me recorrió la espalda. Si le da satisfacción, señor Terrorista de Estado, le digo: me condenó a muerte continua.

Pasé años esperando que me vinieran a buscar y a acabar con mi familia. Eso es lo que prometían: usted no es más alumno de la Universidad Nacional de Cuyo. Usted es un subversivo. Espere. Esperé. Fueron años de esperar que me vinieran a buscar. No vinieron. ¿Vendrán todavía? ¿Tienen palabra esas personas? ¿Son personas? ¿Qué clase de gente es? Los judíos después de Auschwitz salieron a cazar nazis.

Los argentinos son más civilizados. No mataron a nadie. Los asesinos fueron cercados por un cerco ético. Construyeron mis compatriotas una muralla alrededor de los ladrones de bebés, de los torturadores de hombres y mujeres indefensos. No disponiendo de poder político eficaz, oponen al sacrílego la única punición que la persona de bien es capaz de imponer: la condena moral. No los quieren. Les escupen.

Los desprecian. Es lo menos que podrían hacer. No hubo un solo genocida torturado hasta la muerte. La ética argentina post 1983 es superior a la del Talión, ojo por ojo, diente por diente. Aún aprenderé mucho con esos hijos de la ignominia que no mataron a uno solo de los captores de sus padres, mas se limitan a condenarlos moralmente, representando frente a sus guaridas –no se pueden llamar de casas-- la infamia del amoral.

Poco antes de morir, mi tío me dejó unas palabras que no olvido: mantenete cerca de la fuente de donde brotan las fuentes de la vida. La hora está cerca, eso sé. Pero nada se gana sólo esperando. Es preciso actuar. Moverse. Tomar actitudes. No se trata de corromperse matando al matador. Él ya tiene su juicio en la eterna memoria de Dios. En la del pueblo que cada 24 de marzo a la calle va a decir no. No, eso no. Nunca más.
 

Rolando Lazarte
Sociólogo (Doutor em Ciência) e membro do Grupo de Estudos e Pesquisas em “Saúde e Sociedade” da UFPB, autor de Max Weber: Ciência e Valores (São Paulo, Cortez Editora, 2001, 2ª edição). Contato: elzarat@yahoo.com.br
 

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