| Y
Por Rolando Lazarte,
30-11-2004
Ya no separaba más las
cosas. Dirige tus ruegos todo el tiempo a Jesús. El niñito
de tres años había vuelto a su casa. La nena de tres años
había muerto a manos de los genocidas. El cielo azul celeste la
noche de 27 de noviembre de 2004. Beethoven en la vitrola ensayaba una
vez más su inigualable sinfonía número nueve. El himno
a la alegría. Rosedal. Escalera de aire. Cibercafé. La firma
en el colegio. Molina Campos y el laberinto de ligustros. Rosas infinitas.
Pergolados sin fin recordaban RafaelAlberti y la arboleda perdida de mi
infancia. Sólo que mi infancia no está perdida. Soy un niño
y no sé lo que es infancia. Claveles mendocinos. De vuelta a casa.
No sé por qué –y sé por qué—sólo me
siento seguro de este lado de la frontera. El cielo mendocino aún
guarda el son impío de la metralla. Por suerte el auto era el diariero.
Las luces encendidas en la ventana. Como el auto que pensabas te vendría
a buscar. No vino. Vino el vino. Vino la vida. Esos recuerdos serían
llagas. No sólo en tu vida, Fermín. Sino en la vida del aleijadinho
que te paró en la calle. Ibas apurado, no tanto que no vieras sus
señas en la bomba de nafta donde años atrás vinieras
a llenar las cámaras de tu bicicleta azul celeste. Ahora volvía
el recuerdo de sus ojos llenos de lágrimas al recordar como se llevaban
a la madre de su sobrinita de tres años para arrancarle informaciones
bajo tortura. La nena volvió fría. Desde algún lugar
velarás, niña querida, otras niñas llevadas precozmente
al origen de todas las cosas. Me piden que olvide. Olvide quien tenga sangre
de horchata. Yo quiero justicia. Si un ladrón de gallinas va a la
cárcel y no vuelve el mismo, por qué el traidor que apuntó
las armas confiadas por el pueblo contra ese mismo pueblo, inventando una
guerrilla que le obedecía desde 1973 --¿no sabías,
ah?--, por qué ese traidor ha de seguir confortablemente “preso”
en “su” casa –¿será suya? ¿no se las robaban a los
desaparecidos?—mientras uno sigue cargando algunas llagas que por más
santas que sean no dejan de doler. ¿Y ellos no? ¿Por qué?
¿Habrán visto ese cielo azul celeste transparente que vimos
con mis hijos en la noche mendocina? Mis hijos son la medalla que la esperanza
y la fe trajeron después del holocausto, después de la gran
traición del “ejército argentino” que separó la vida
de nuestra gente en un antes y un después. Confianza perdida los
arrinconó en cuarteles letrinas. Cloacas de las que no pueden salir
sin evitar el desprecio que se ganaron por haberse vendido al dólar
y al oligarca. Por haberse encubierto unos a otros como si fuera lo mismo
honrar a la patria que deshonrarla. Alguien dijo que están tratando
de comprar el dolor del exilado con dinero. No se vuelve del exilio. Exilio
es la vida sobre la tierra. Somos todos pasajeros, menos el chofer y el
cobrador. Y mientras el gran demonio sigue paseándose por el mundo
vendiendo miedo, por las grietas Dios acecha. “No hay una cosa que no sea
una letra silenciosa de la eterna escritura indescifrable cuyo libro es
el tiempo”. Veía la casa verde amarilla. Más que un símbolo.
Brasil sería siempre la tierra del destino. Esa donde siempre brilla
el sol. ¡Y cómo brilla! Nunca sería tan rico como entre
ese pueblo pródigo en abrazo y beso. Ávido de justicia en
medio de baile y samba. Choro e balada. Hay una especie de silencio. Esperen.
No falta mucho. La esperanza nordestina es la fe. Canta el pajarito mientras
el sol va de ocaso a ocaso. Recordaba Larralde en la noche del Gran Rex.
Love is all around. Borges y Pessoa. Gustavo Adolfo Bécquer y el
Marqués de Santillana. El Arcipreste de Hita y Gonçalvo de
Berceo. Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca. Las horas del
día y El Perro. Nueve Reinas y Peligrosa Obsesión. Una calma
de siglos sobrevino en el estudio. Cortázar y Cafrune se daban las
manos. Podía ver los caminos de grisinas otra vez. Flores amarillas
como campanas y las fuentecitas con pájaros bañándose.
Ceibos en flor y los reflejos en el lago. Toda una infancia por delante.
Miró a la máquina fotográfica con esa risa total de
niño. Respiró hondo y recordó los angelitos en la
casa de Julio Leonidas Aguirre. Había vuelto. Esta vez sí.
Había vuelto a casa. Sin nunca haberse ido –o talvez sólo
un instante.
Rolando Lazarte, Sociólogo (Doutor em Ciência) e membro do Grupo de Estudos e Pesquisas em “Saúde e Sociedade” da UFPB, autor de Max Weber: Ciência e Valores (São Paulo, Cortez Editora, 2001, 2ª edição). Contato: elzarat@yahoo.com.brLazarte | Opinião | Arquivo
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