Pío, pio
Por Rolando Lazarte, julio del 2004

Era como un ritual. A las cuatro de la mañana bajaba a la planta baja del caserón de la Beira-Mata y se ponía a escribir. Era eso o los fantasmas. Un té y el mate. Carqueja y boldo. Eucaliptus y manzanilla. Gotea la canilla y la lluvia afuera. ¿Afuera? En el jardín. Tejiendo sueños en la madrugada.

Tenía que empezar. Fabricante de noticias. Conocido pintor naturalista está poetizando. Despertó el niño interno. Entonces qué me importan los papeles, la pintura con que cubrieron mis sentidos, decía de sí para sí. Se dejaría llevar por ese niño dejado de lado. Metido en la heladera por la falta de toque.

La distancia afectiva lo llevara a abrazar el mundo. A ofrecer sacrificio de júbilo. Sí, a entregarse todo por amor. No importaban los secretos. El viento los llevó. No podría nadie llegar con una carta y decir, ajá. No había ningún ajá a escuchar. Los había escuchado todos. Y también aquél “puede ir” en el sello.

Pasaporte observado. ¿Qué observarían? ¿Su cara de italiano? ¿De cabecita negra? Talvez unos ojos que exhalaban amor. Somos competentes en lo que nos hizo sufrir de chico. Eso sabía. La dureza de lo impuesto. La frialdad de hielo de las manos que lo tocaban. Ese hielo llamó a la rosa. Aprendió a amar sin importar a quién.

Pero no dejó de ser él mismo. El extraño de pelo cano. El niño que no envejecía. El eremita de la calle de la barrera. No cumplía papeles. Era él mismo. Un caleidoscopio ambulante. Un memorando. Una de esas agendas de Millet que papá le regalaba cuando era niño. Todo lo anotaba. Pero él era el papel.

A la rebatiña. Cosmos naranja y amarillo. Roja rosa china. Azul campanilla. Verde pasto árbol. Azul cielo mar ojos de Nina. Alicia. Vería aún lilas, violetas. Todos son así. Todos somos así. Entonces no hay más que semejanzas y desemejanzas, pensó. Peón alfil dama rey. Dejó el juego continuar.

Why worry? Recordaba la reunión en la Afya el domingo 11 de julio de 2004. El olor del mate venía de la cocina y la lluvia. Un rumor de auto a lo lejos. Pronto vendría el albañil a arreglar la canilla. Tornerò. Y la empleada a dar un toque de vida a un caserón que de otro modo era de lagartijas y esperanzas.

Sobre todo esperanzas. Entonces sabía. Por qué la fe del nordestino es esperanza. Doña Rosa lo dijo. Si no tengo comida de tarde tendré de noche. Si no tengo de noche, lo será mañana. No todo es dinero. ¿Por qué no? ¿Quién le paga a los pájaros que cantan? ¿Alguien le paga a la mariposa que adorna el jardín? 

¿Cuánto ganan las flores por perfumar? Si veía una cuando hablaba con Natalia esta noche. Nadie pagó ni cobró nada. Miren las aves del cielo, resonaban las palabras. Cada ser humano una semilla enraizada que da sombra a los peregrinos y nido al pájaro de cielo. Entonces, pensó, Dom Fragoso nunca se iría.

Si mi corazón es una semilla y me enraízo en esta Paraíba nordestina y aquí se entierra el dolor que me hizo gente, aquí crecen las flores y las ramas de acogimiento a quien sea. No sería una noche más. Nada de insomnio. Apenas cargar las baterías en el manto acuático que te cubre y el tictaquear de las gotas como un piano en la vieja casa natal.

Leonidas Aguirre 313 al pie de los Andes. Un cristal rosa colorea las montañas nevadas. Un verde refulge en la jarilla y el chañar. El cactus florece amarillo y las abejas atareadas. Nunca más abandonado. No sabía lo que era eso. Había aprendido lo que la planta y la piedra y el agua del arroyo saben.

Cantaba mientras contaba. Aún sin pasar el sombrero. Más vale. Los 30.000 no eran un peso sino aliados. Potencia multiplicada y difundida. Llanto fecundo atravesando la madrugada. Como un piano gigantesco, en el techo las gotas golpeaban. Era la casa de San Genaro. La de San Lorenzo. 3 de febrero. Todas las casas viejas.

Un rosario sin fin de viejas casas donde los dedos infinitos tamborileaban melodías sin igual. ¿Miedo de qué? ¿Qué fantasmas? Salud para todos. Repartir lo que nos es dado. No se trataba de recetas o técnicas. Nada de enfermedad mental. Apenas dejarse ir. Con la fuerza del número. 1, 2, 3. 3, 2. 1.

La risa siemre suya no se había borrado. Multiplicado. Lo rescataba a toda hora. Era como un diapasón. Eeeeee ¿escuchas? El sonido del mar. La risa de un niño. La sonrisa del anciano. Eres tú misma que te ríes al ver al hombre de cabello gris contando piadas. Pío pío. Como un pajarito. Sí, sí. Como decía abuelita.

Pasturé, dumbé, dala montaña, dala montaña. Pasturé, dumbé, dala montaña, dala montaña de veraltemps. ¿Qué templo sería? Lo veía en los ojos de ella. Vagaba por la antigua Olesa de Montserrat y los olivares. Las butifarras colgadas en el techo y las cerezas que comíamos con la boca de la planta.

Gandhi y Kardek. Mary Baker Eddy y la ciencia cristiana. Cafrune y Larralde. Los Chalchaleros y Los del Suquía. Vox Dei y Sui Generis. Pintura Fresca y Tormenta. Donald y Sandro. Leonardo Fabio y Gardel. Los Beatles y los Shakers. Los Iracundos y Mercedes Sosa. Lito Nebbia y Los Gatos.

Como una letanía, empezó a oír:
Estoy muy solo y triste acá en este mundo, abandonado
Tengo una idea es la de irme al lugar que yo más quiera,
Me falta algo para ir pues caminando yo no puedo,
Construiré una balsa y me iré a naufragar.

Todavía cantamos. Todavía reímos. Y cada vez más canciones. Más risas. En proporción inversa al dinero y las seguridades externas. Talvez sea ese el secreto que ningún ladrón pueda robar. Pues, dicen, hasta un sacerdote chileno le pidió a su ejecutor que detuviera el disparo, para poder bendecirlo.

Así no habrá fracaso para este pueblo latino que protesta cantando y bailando. Que reclama haciendo chistes y contando historias. Visitando chicos en el hospital y contándoles cuentos. Viajando por el sertão y recibiendo regalos de gente que no conoce la vida reglada por el poderoso caballero Don Dinero.

Entonces vió un manto de flores de inicio al fin. Naranja amarillo rojo verde azul turquesa violeta. No habría derrota. Solo vueltas y vueltas a la rosca. Un tornillo caído. ¿Será el mío? Decían que era medio colifa. Medio no. ¿De dónde sacabas chispa para hacer reír al escuadrón? De la cara de hormiga del sargento.
 
 

Rolando Lazarte, Sociólogo (Doutor em Ciência) e membro do Grupo de Estudos e Pesquisas em “Saúde e Sociedade” da UFPB, autor de Max Weber: Ciência e Valores (São Paulo, Cortez Editora, 2001, 2ª edição). Contato: elzarat@yahoo.com.br
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