| Sobre "izquierda" y sobre
vivencia
Por Rolando Lazarte,
13-12-2004
Hay algunas cosas que se aprenden solamente andando. Y aún así a veces el aprendizaje es demorado. Y no siempre está apartado el riesgo de la repetición. De volver a errar allí donde erramos otras veces en el pasado. Al hacerme colaborador de La insignia, más de una vez fui advertido de que hacerlo implicaba dejar de lado la colaboración con publicaciones como Rebelión y La Fogata. Acabo de comprender el por qué de esto. Esta última es una publicación meramente negativista, no tiene proyecto. Es del grupo de los contra. Me trataron de “arrepentido” cuando les pedí que retiraran todo mi material de la publicación. “Mirá mejor dónde mandás tus notas”. Les dije que su forma de actuar no se diferencia mucho de la de quienes dejaron en nuestra historia como argentinos, un luto de 30.000 personas. Son los que usan al pueblo como escudo y se borran cuando viene la represión. Me costó descubrir esto. Ya había ocurrido más de una vez en los años 70. El radicalismo verbal y el fascismo de hecho. Los llamé de fascistas, que se esconden en el anonimato. Les conté –o creí contar—cuál es la causa en que estamos empeñados aquí en Paraíba. Pero no es esa la causa, en verdad. No es la promoción de la salud mental comunitaria en los barrios pobres. Es una tarea que apenas sobrevivientes pueden comprender. No es lo que se hace. Es lo que se es. Nosotros no somos una ONG, ni pertenecemos a un cierto partido. Hay una comunidad de actitudes y sentimientos. Somos una fraternidad no organizada. Somos uno de esos lugares donde los valores supremos, para Weber, se refugiaron. Un círculo de relaciones por afinidad. Actuamos en la universidad y en las comunidades. Pero sobre todo actuamos –y esto es lo que quiero resaltar—en nosotros mismos. En el terreno interno de cada uno y cada una. Un terreno que la llamada “izquierda” tradicionalmente despreció y sigue despreciando. Aquél espacio que Wilhelm Reich notaba había sido dejado al fascismo. El terreno de los valores morales, de los sentimientos, del deseo. No parecen haber cambiado mucho las cosas desde los tiempos en que Reich hizo este diagnóstico. La “izquierda” se mantiene en un nivel discursivo, frecuentemente apenas intelectual. Lo suyo es lo macro, los partidos, las naciones, los bloques de poder, la economía. La vida diaria, la alegría, las decepciones, los triunfos y derrotas de la persona, eso todo, ayer como hoy, es mirado de lado, como algo “individualista”. “Subjetivo”, no se cansaban de repetir las y los militantes rojísimos que ayer como hoy disputan el cetro de “verdaderos revolucionarios y revolucionarias”. Hay foros sociales mundiales, hubo y hará pasajes aéreos para aquí y para allá. Mientras tanto, un ejército de hormigas sigue avanzando. Sin prensa, cada vez más sólo en términos de gobiernos y ONGs. Por las márgenes, en los intersticios que las ideologías dejan al descubierto. La tarea del sobreviviente, de la sobrevivencia, no es hacer esto o aquello. Es ser. Esto lo sabe un nordestino, una nordestina. Lo saben argentinos o chilenos o uruguayos que tuvieron que vérselas con amenazas concretas a la vida. No creo que yo pueda dar alguna “lección de moral” a nadie, ni enseñarle a nadie “cuál es la actitud correcta” pues yo mismo cada vez sé menos, y esto no lo atribuyo exclusivamente al acontecimiento que dio vuelta nuestras vidas. El terrorismo de estado -- como eufemísticamente se llama hoy a la masacre que la “izquierda” sigue desvalorizando en términos de hecho humano revolucionario real, para reducirlo a una histérica reclamación de castigo a los culpables—nos obligó a una reconstrucción interna, a hacernos de nuevo desde dentro y callados, no a una persona o a una organización, sino a países enteros. Y de esto no se habla. Aparentemente somos todos iguales. Basta repetir ciertos jergones, ciertas citaciones de temas y autores, y parece que estamos todos en lo mismo. Yo soy de los que quieren el castigo a los genocidas y sus cómplices y aliados, sí. Pero también soy de los que se da cuenta de que la “izquierda” sigue siendo miope ante el mundo interior de la persona humana, ciega ante sus necesidades esenciales, aquellas que solamente se satisfacen por el esfuerzo autopoético. Poiesis. Poesía. Sí. Entonces miro lo que se escribe desde lugares oficialmente “de izquierda” y noto la misma omisión, la misma complicidad con el vaciamiento de la persona, su substitución por clones. Consumidores. Portavoces. Copias, réplicas. No hay mucho tiempo. Esto también lo aprendimos en la sobrevivencia. Y no es para andar corriendo como loco. Sino para vivir con la certeza de lo efímero, talvez lo único verdaderamente eterno. Todo este palabrerío está más que todo dirigido a mí mismo. Tratando de sacarme algunos entripados, y de entender por qué cada vez menos vienen encontrando espacio en La insignia las cosas de que me ocupo. Si estoy equivocado, háganmelo saber. No le temo al debate. Le temo a los silencios que lo evitan. Es por allí donde se cocinan los malentendidos, la masificación, lo que deshumaniza. Los y las espero. No es muy difícil morir por una causa. Lo difícil es vivir por ella. Y que sea ésta una causa pequeñita. La causa de vivir. Esto lo podemos entender los y las sobrevivientes de verdaderas hecatombes que nos asolan a todo tiempo. Sequías, dictaduras, desempleo, deshabitación, deseducación, enfermedades de todos los tipos. Corrupción, mentira, engaño institucionalizado. Intelectualismo. Verbalismo. Cambalaches varios. Revoluciones traicionadas. Fracasos mil. La lista puede agrandarse a piacere. No se trata de poner más culpables contra el paredón. Sino de descubrir a tiempo el lado cierto. El lado de cada uno y cada una. Cuando vino el golpe de 1976, muchos “izquierdistas” se acomodaron. No lo entendí durante mucho tiempo pero lo entiendo ahora. No había tal “izquierda”. Era la misma mierda. La maldita y vieja costumbre de pasar gato por liebre. Eran o montoneros/as manejados/as por la inteligencia militar, o verbalistas rojísimos/as absolutamente inocuos. El tiempo pasó. Hoy todo parece convenientemente pasteurizado y homogenizado. Los aguerridos y aguerridas combatientes por la causa del pueblo hoy aparecen como políticamente correctos en todos los sentidos. Institucional, intelectual. Déjennos seguir por estos caminitos que como León Felipe y Fernando Pessoa advierten, Borges y Cortázar junto, nada tienen de igual ni parecido. No hay dos árboles iguales. No soy apóstol de la masificación en nombre de nada. Como en los 70 –y es bueno recordarlo—sigo creyendo en el único camino de cada uno y cada una. No soy compañero de ruta de quienes se complacen en hacer desaparecer a la gente bajo rótulos anodinos, globalizados, despersonalizantes. No se llamen de “izquierda” ni “progresistas” quienes así proceden, pues siempre fue y siempre será uno el nombre que les conviene: son la escoria de la tierra. Los apóstoles de la deshumanidad. Ayer por el partido y el estado o la empresa, la iglesia. Son del partido único de la cosa, no de la gente. Usan y descartan al ser humano, a comenzar por sí mismos. Ayer posponían toda revolución interna en nombre de una inalcanzable revolución proletaria que la dictadura les traería. Hoy, más deleznable aún, se esconden en el movimiento popular repitiendo los vicios del intelectualismo y el verbalismo que no consiguen disfrazar su visceral miedo a la transformación de la persona humana. No me excluyo de esta crítica,
pues veo en mí aún mucho de estos vicios que preciso combatir.
Apenas quiero mantener la claridad, y comunicarme, para ganar en el diálogo
la fuerza que impida la reincidencia.
Rolando Lazarte, Sociólogo (Doutor em Ciência) e membro do Grupo de Estudos e Pesquisas em “Saúde e Sociedade” da UFPB, autor de Max Weber: Ciência e Valores (São Paulo, Cortez Editora, 2001, 2ª edição). Contato: elzarat@yahoo.com.brLazarte | Opinião | Arquivo
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