| Un código para Carol
La tapa del disco era un grabado en madera, en relieve, en apariencia apenas una tosca superficie de rayas y círculos en varias direcciones. Unas marcas de tornillos, circulares, dibujaban claramente, el rostro de John Lennon. Marcas parecidas se repetían cinco veces en la tapa de madera rugosa. El símbolo de la paz podía verse con claridad, tallado con toda nitidez, en la parte derecha del disco. Lo que parecía una tapa rústica, aparentemente vacía, un mero entrecruzar de marcas maquinales, líneas rectas y circulares en varios puntos del cuadrado, era en realidad el propio disco. Insensibles al tacto y a la percepción sutil de la vista, su significado permanecía oculto para la vida dominante en ese tiempo. Llevaba también una carta escrita en madera plegable, pintada de azul en su lado externo. Doblada sobre sí misma en tres partes, daba la impresión de un mero folleto comercial, de esos que en la era postal inundaban las cajas de correo o buzones del mundo entero. Ahora, con tal “carta” ilegible en las manos, andaban seguros por la ciudad. Abriendo el “folleto” a trasluz, podía leerse, delicadamente tallada en la madera, la inscripción que, en el lado izquierdo, decía “Arturo” o “Arthur”. El azul rebrillaba a la luz de la noche. Del lado derecho otras letras podían leerse. Miró la tapa del disco. A lo lejos, vio el rostro de su joven admirador que le sonreía diciendo: que sea bendito por 1.500 años. Sabía que así sería. Y le hizo saber que esa bendición lo alcanzaría también al sonriente joven. Un código para Carol.
Rolando
Lazarte, marzo de 2004
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