| Weber en salud
Por Rolando Lazarte, 4 de julio, 2004 La tesis de María Filha[1] representa al mismo tiempo un rescate en profundidad del pensamiento weberiano en su más prístina pureza, y su creativa aplicación a un campo específico de la sociología de la profesión de enfermería psiquiátrica. Lo primero enriquece la lectura del último sociólogo clásico a reivindicar para sí el título de sabio, después de años de predominio en el ámbito académico de la versión domesticada de su pensamiento, bien al gusto de la intelectualidad cooptada por las grandes corporaciones de poder político-económico. O, para decirlo en términos más simples y más auténticamente weberianos y recuperando la tradición de la sociología del conocimiento fundamentada por otro alemán bien conocido de los cientistas sociales latinoamericanos, María Filha recupera talvez la que fuera la más crucial de las contribuciones de Weber al campo del conocimiento de lo social: el énfasis en el modo como las circunstancias socioeconómicas de un estrato (o, de un modo general, los modos de vida ligados a las formas de producción y reproducción de la existencia en todas sus dimensiones –material, afectiva, espiritual, relacional, etc) afectan, moldeando, las maneras como el pensar, el sentir y el actuar de los individuos en relación, los sujetos de la acción social –mutuamente referenciados en complementariedad de expectativas—se entrelazan y se definen en relación con esas mismas formas de producción y de vida a ellas conectadas. En este sentido, la obra de María Filha es de lectura obligatoria para quien quiera, al mismo tiempo, conocer la fecundidad y actualidad del punto de vista weberiano sobre la acción social, y quien quiera saber cómo tal perspectiva es útil al profesional incumbido del trabajo de cuidar. La enfermería psiquiátrica como práctica en que se entrecruzan saberes antiguos y tradiciones de corta duración, es otro aspecto que dá realce al trabajo que presentamos. En los días de hoy, notadamente en el Brasil en que se consolidan cosas como el Sistema Ùnico de Salud y la Reforma Psiquiátrica, la tarea de construir una salud mental comunitaria al nivel de lo cotidiano es cada vez más de interés latinoamericano. Y se piensa en las tareas urgentes de consolidación de mejores condiciones de vida para nuestras poblaciones golpeadas por flagelos mapeados con agudeza y profundidad por la OPAS/OMS en análisis que nada dejan a desear a la mejor sociología crítico-militante (nos referimos, aquí, puntualmente a “La salud mental en el mundo-Problemas y prioridades en poblaciones de bajos ingresos” publicado en Washington en 1997), valorizar la vocación sociológica en su sentido más puro y original –después de años de predominio de aquellas lecturas de la sociedad marcadas por los valores e intereses de las clases y estamentos dominantes—es traerla de vuelta a sus principios, aquellos con que Auguste Comte concibiera la ciencia de la sociedad allá en los lejanos años de la pós-revolución francesa. Un saber al servicio de la salud social, entendida como un estado armónico entre lo que llamaríamos infraestructura y superestructura, los modos como los hombres producen los bienes materiales necesarios a la preservación y reproducción física de la vida, y aquellas estructuras de pensar, sentir (imaginar, intuir, conocer artísticamente y científicamente, espiritualmente) y actuar convergentes con el bien común. Saber vivir como tarea cotidiana de la ciencia y de la persona. Nada más, nada menos que esto, es lo que la autora magistralmente pone al alcance de sus lectoras y lectores. Freireanamente, weberianamente, bellamente. Para quienes aún insisten en desencantar la ciencia y la vida, puede ser un espejo útil. Un recordatorio de que no es preciso amputar nada para ser objetivo. No hay que castrar ninguna capacidad humana para ser feliz. No hay que destruir nada para que crezca ese mundo fraterno que anhelamos como pueblo y nación. Como persona y familia. Como municipio y región. Aquello que el sistema de dominación instituye como separado y opuesto, es complementario. Aún la opresión y la expropiación, la alineación, la violencia y la fuerza bruta, la mentira y el engaño, la muerte y el asesinato, la tortura en todas sus formas, son otras tantas posibilidades por donde el afán de humanización de la vida avanza en América Latina. Cuando se focaliza la forma como en Brasil viene construyéndose la red de apoyo psicosocial en el marco de las acciones de implantación del Sistema Único de Salud y los Centros de Atención Psico-Social, puede notarse que la fuerza salutífera viene desde abajo, del estamento enfermeras más que de las posiciones profesionales más jerarquizadas como los médicos –con pocas y honrosísimas excepciones—o más impregnadas de códigos valorativos y de conducta más individualistas –como los psicólogos de formación consultorial. En este sentido, la actividad de la autora como consultora y expert en el campo de la atención psicosocial, viene siendo reconocido internacionalmente (Rockefeller Foundation-Belaggio, 1996) y específicamente en el campo latinoamericano, por lo que tiene de multiplicador y consolidador de experiencias aún incipientes o en vías de recuperación en países del continente fuertemente golpeados por los regímenes dictatoriales y el terrorismo económico (desempleo, subempleo, subremuneración, falta de moradía, enfermedades asociadas a la marginalidad social y a la carencia de pertenecimiento impuestas por la migración forzada y por la falta de horizontes de vida a los jóvenes y a la población en general, en el contexto de los valores capitalistas –competitivismo vs. cooperación, individualismo vs. solidaridad, lucro vs. gratuidad, etc, etc, etc.). El trabajo de María Filha es la punta de un iceberg, la parte visible de un trabajo de hormiga que se extiende con cada vez más éxito en la región nordestina de Brasil, específicamente Paraíba y Ceará. Y ciertamente que es un trabajo práctico de vivencia y multiplicación de aquellos valores por los cuales luchó y murió tanta buena gente en nuestros países. Mirar este espejo modesto y humilde puede ser para muchos sobrevivientes una forma de encontrar que valió la pena. Que de hecho la semilla renació multiplicada y más fecunda, indetenible –eso creemos—en su expansión. Y por no se afiliar a esta o aquella organización o partido, inmune a los vientos con que el sistema acostumbra tratar de ahogar los intentos de liberación humana social y personal. Hoy Paraíba y Cerá. Ahora Cabedelo y Alto do Mateus. Mangabeira y tantos otros municipios de Joao Pessoa y del interior del Estado donde los enfermeros psiquiátricos y los agentes comunitarios del Programa de Saúde da Familia institucionalizan lo que parecía definitivamente confinado a viejas y obsoletas sacristías o confesiones. El amor al prójimo de un modo práctico, concreto. Sin imponer religiones o filosofías o moralismos. Respetando personas y comunidades y devolviéndoles en parte aquello que el sistema les roba cotidianamente: el derecho a un lugar bajo el sol. Y que ese lugar no sea una cloaca inmunda ni la drogadicción o el tráfico de drogas o la prostitución de niños y adolescentes. Para que no se maten. Para que sepan que tienen derecho a la vida hoy y aquí, aún en el escondrijo donde la sociedad capitalista insiste en empujarlos. Talvez eso nos una. Unos y otros somos sobrevivientes de violencia en distintas formas. Y no nos damos por vencidos, ni aún vencidos. En este momento la semilla se expande, entre personas que desde Ceará insisten en una psiquiatria social y comuniataria libertadora, en los moldes de aquella que en algún tiempo la dictadura barrió de Argentina. Respirar mejor no será más un lujo de ricos. Pues las hermanas de la pastoral social, pastoral del anciano y de la mujer, aprenden en reuniones de barrios pobres y diseminan hábitos saludables de vida entre las personas del pueblo. Recuperando en el instante la fe vital, no aquella hecha de doctrinas y creencias. Una fe que es propia dela persona humana y que la persona del campo tiene viva en su memoria y en su cotidiano. No es por acaso que estas iniciativas congregan personas de origen rural, sertanejos y sertanejas que se criaron con hábitos de vida en que no imperaba el dinero ni la mediación lógica, intelectual. Personas que aunque sean pedagogas, psicólogas, médicos, sociólogos, no se sienten menoscabadas o menoscabados por ser seguidores de enfermeras de nuevo tipo como las retratadas en la tesis mariana. Y hay que decir que se trata de liderazgos taoísticos, freireanos, si se quiere, una vez que María es una de tantas. Una entre muchas. Así como Ana, Djair, Francisca, Doña Rosa, Maria da Guia, Doña Lourdes, Éfu, Teresa Italiana, Vanda de Tibirí. Y mencionarlas es mencionar un rosario que se reza en una iglesia que no se circunscirbe a los creyentes de una cierta religión o a las paredes de un templo. Otra iglesia, más a la León Felipe, se cose en estas redes solidarias. Donde la comunión y la fe son algo tan concreto como el plantar o el cosechar. Plantar o cosechar. No sabemos
qué tiempo es éste. Pero no dejamos de plantar y de cosechar.
No importan las destrucciones perennes que cercan la vida y la desafían.
La experiencia de la práctica de la salud comunitaria es un campo
de trabajo para jóvenes sociólogos así como para médicos,
dentistas, psicólogos, asistentes sociales, y otros profesionales
que sientan que hay un lugar para ellos junto a una humanidad que se redime
desde adentro y desde abajo. Y que las insitituciones –llámense
manicomios o universidades, familias o hospitales—son lugares de paso,
tal como lo es también el cuerpo humano. Y una psicología
genética como la que Weber esperaba vendrá aún a apoyar
estos ensayos de reconstrucción y resignificación de la vida
que vienen desde antaño.
Rolando
Lazarte, 04/07/2004
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