| Una vieja canción
Rolando Lazarte, 4 de mayo, 2004 Te digo hermano que entiendas
No sé quién compuso esa canción, una de las más lúcidas que se cantaban en la Argentina de fines de los años 1960 y comienzos de los 1970. Siempre está bien recordarla, porque el país no parece haber evaluado a fondo lo que fue aquello de querer “liberar al pueblo sin el pueblo”, como muy bien puntualiza Pérez Esquivel. No se trata de salir culpando guerrilleros, pero tampoco se puede uno quedar callado cuando se intenta glorificar una forma de “hacer política” que prescinde del pueblo, privilegiando la muerte como argumento, como fue el caso de los varios grupos armados que precedieron –y prepararon—la masacre de 1976. La Argentina no parece dar señales de estar construyendo algo parecido a lo que en Brasil se viene contruyendo pasito a paso, la construcción de una red social solidaria desde abajo, cosiendo personas y organizaciones que transforman los modos de ver, hacer, pensar y sentir de las personas. Aquí en Brasil el tejido del voluntariado es una realidad que tranquiliza. Suma, hacer todos los días un poco en uno y en los otros, para hacer prevalecer la gratuidad y la ayuda mutua, es, a mi ver, una forma concreta de construir un hombre y un mundo nuevos. Tan lejos de la bravata estridente de quien confía a una ametralladora la imposible tarea de hacernos más amorosos. Más gente. Los tiempos son de práctica más que de retórica. No se buscan nuevos dirigentes, sino más corazones resonantes. Más personas dispuestas a dar un poco de su tiempo, de su vida, por aquellos que más necesitan, y aquí entramos todos. “All you need is love” viene siendo practicado por estas tierras de modos muy lindos y diversos. Hay grupos que trabajan con adolescentes, otros ayudan en las escuelas. Los hay que atienden a los ancianos, otros a las mujeres de los campamentos de Trabajadores Rurales Sin Tierra, o a las mujeres de las periferias urbanas. Unos cuidan de los jóvenes en su educación sexual, otros les enseñan a pintar o un oficio. Y se mezclan personas de todas las extracciones sociales. Algo que nos recuerda la vasta movilización social en el Chile de Allende, en el Chile resistente que enfrentó la saña asesina de Pinocho, en el Chile que no se rinde, que insiste, que doblega la vocación angosajona de sus élites y se vuelca a un destino que Neruda pintó con cariño: el de una América nuestra, popular, fraterna, justa. Sí, recordamos Violeta
Parra, Tito Fernández el Temucano, y todos esos trovadores como
los Quilapayún y tantos otros que nos traían voces amigas
a través de la cordillera, uniéndonos en un solo canto general,
esa canción con todo que no nos cansamos de cantar aún en
silencio: Canta conmigo, canta, hermano americano, libera tu esperanza,
con un grito en la voz...
Rolando
Lazarte, mayo de 2004
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