| Una historia más
Rolando Lazarte, 19 de febrero, 2004 Cómo valorizar la vida a no ser que haya estado tan al borde de perderla... Nunca había amado más, apreciado más, gozado más el estar vivo, que después del retorno del estado de depresión y enajenamiento a que lo precipitara la violencia dictatorial de 1976, la ominosa secuela psiquiátricamente denominada “síndrome permanente de estrés post-traumático”. Nunca había disfrutado tanto del hecho dado por sentado, tenido como tan ahí y para él tan precioso, tan único, tan sin igual, de estar vivo y enterito, no solo de cuerpo pero de sentimiento y mente. Del respirar al pensar, del sentir al tocar. Del oír al caminar. Todo estaba bien. Otra vez, o por primera, vez, pues no recordaba haber estado tan pleno, tan bien, antes. Todo tenía una fragancia diferente, como un sabor a triunfo. Sabía que no era sólo un triunfo personal. Sí, había querido volver. Recordaba las denodadas, largas jornadas del lado de allá de la normalidad. Parecía un precipicio sin fondo. Una vitrina infinita rodeándolo todo y la vida, esa odiosa huidiza, del otro lado, inalcanzable, para siempre huída. Había conocido el exilio en vida aún antes del exilio propiamente dicho. No se sentía miembro de su familia consanguínea. Talvez por el extrañamiento y el fuerte golpe a la autoestima producidos por la internación en el colegio y la violación silenciosamente callada ocurrida dentro de sus paredes. Algo se había roto para siempre. Eso parecía. Después la expulsión de la universidad en 1976. El servicio militar con el rótulo de subversivo. No tenía más amigos. La gente le escapaba. Nadie te conocía. No sabías quién eras. Psicosis, diría e médico. El tiempo presentaba roturas. La realidad era como en Matriz, una delgada pantalla removible, una película recubriéndolo todo, hecha a mano. Nunca más sería natural. Pero se vuelve. Lo supo. Lo leyó en Sur, paredón y después, una milonga escrita por otro retornante, allá por 1999, bien en el borde de esa frontera que separa la salud de la sinrazón, sinrazón que se transformó en el pasaporte para su salud. Atacar, defenderse, sentir armas apuntando, gente que quería matarle, gente escondida en la casa, debajo de las camas, en los armarios, gente que venía a llevarse los chicos. Pero no. El ejército amoral se había retirado a los cuarteles. Ya habían saqueado al país sobre el que cayeron como buitres, engordado sus panzas de sangre y dólares. Sangre y dólares, pensó. Estaban siempre juntos. Los asesinos, torturadores y ladrones sueltos por las calles, apenas con la condena moral del pueblo que les escupe donde los ve y los obliga a mudarse de casa cuando los ubica. Hoy son ellos las ratas. Siempre lo fueron. Es el destino que escogieron, pensó. Así como escogí el mío. Y ellos me ayudaron a afirmarlo, lo sé. Sin ellos no sería yo. Sin mí no serían ellos. Un hilo invisible pero fuerte como el acero unía los destinos. Sin 1976 no habría Cabedelo. Sin la traición del ejército apartida y vendido al capital, no habrían florecido las rosas que perfuman mi destino, pensó. No habría los brazos dados de este inmenso ejército de amor que se extiende sin fronteras por el mundo todo. Sin el riesgo total bajo el cual pusieron nuestras vidas, no habríamos valorizado nunca el riesgo de no arriesgar. Sin la fragilidad máxima bajo la cual nos obligaron a sobrevivir, jamás hubiéramos apreciado el valor infinito de un gesto de solidaridad expresado en una simple mirada. En un telefonema para ayudarte a conseguir empleo. Una puerta que se abre para acogerte después de una noche en la calle de la ciudad desconocida. Gente que se admira de la sobrevivencia de gente como la gente. Sin saberlo te tornaste una especie de museo ambulante y lo sabes cuando te vas por la orilla de una página y sabes que volvió. Que eres apenas el personaje de una historia o de muchas historias similares aunque distintas, pero parecidas a las que Cortázar relatara en Después hay que llegar, historia que un mosaico que no termina de armarse sigue montando y remontando como una rayuela infinita, como un ajedrez borgeano sin fin y te vas. Duerme tu niño en el cuarto de arriba y agradeces poder estar cerca de sus sueños esta mañana y recuerdas las mañanas frías que parecían extenderse sin término hacia siempre, adelante y atrás, un ahora infernal carcomiéndolo todo, infectando cada segundo, todos los segundos, todos los días, todos los tiempos, todas las cosas. Nunca acabaría, pero sin embrago terminó. Y entonces se te figura esta mañana de benteveos y arrullos del mar y olor de mata mojada una historia más.
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