No hay olvido
Rolando Lazarte
24 de febrero, 2004
"Una cosa no hay, es el olvido. Dios, que salva el metal, salva la escoria, y cifra en su profética memoria las lunas que serán y las que han sido."
-Jorge Luis Borges- 

"Al ejército vencedor no se le pide prestación de cuentas."
-Militares genocidas argentinos- 

"No hubo errores, no hubo excesos, son todos asesinos los milicos del proceso."
-Vox populi 


Momentos había en que se le figuraba mejor sería terminar con todo, una bala en la cabeza, una cruz roja en el pecho. Sabía que era consecuencia del trauma de la violencia estatal, el terrorismo de estado. Pero eso no disminuía el dolor. Había horas en que quisiera no ser más, no estar más, no tener más esos recuerdos. Sabía que llevaría consigo esas sensaciones hasta el fin de sus días. Lloraba con frecuencia, parecía que la página se había pegado a ese tiempo. Se repetían las escenas. La mente volvía una y otra vez al mismo lugar. A los mismos sentimientos. Había aprendido a tener orgullo de esas heridas internas, como un combatiente las tiene de sus heridas en batalla. Había sido, sería siempre una batalla. Recordaba las palabras de Pádua: sanamos al ayudar a sanar. Sí. La red social solidaria de apoyo. Todo eso era verdad. Recordaba la cena en casa de Dom Fragoso. Las charlas con la hermana Ana. Cómo había ido volviendo desde que se había juntado a los voluntarios del programa de Salud Mental en Cabedelo.

Cómo había podido ir devolviendo la vida devuelta por María. Por su eterna compañía, su inocencia, su admiración cuando le contabas lo que los militares hacían a la gente del pueblo. "¿Pero eran argentinos?" La misma pregunta de Natalia: "Eran argentinos los que hacían eso, papi?" Entre 1999 y 2004, recuerdas, esa perplejidad te golpeó. ¿Serían argentinos realmente? Una lágrima asomada yo no pude contener.

Pensaba en el ametralladorista que no dormía: veía los cuerpos colgados de los árboles en Tucumán y sabía que había sido él. El sistema carga al individuo con las consecuencias del exterminio, una y otra vez. Las cigarras cantan más y más, como acelerando la lluvia. La lluvia caerá. Luego vendrá el sereno. Y todavía hay quien no quiera recordar. Ellos pueden elegir no recordar. Uno se hizo un recordatorio ambulante. Por algo será. Y una punta de orgullo se dibujó en su pecho.


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