| ¿Se puede vivir en
un libro?
Rolando Lazarte, febrero del 2004 Miraba las hojas amarillas. Las tapas claras, luminosas. 91 mosaicos esperaban en la biblioteca. Todos los días estaban guardados allí. En las letras. En los espacios. En las fotos. En los fatos. En los días que han de ser, en los que han sido -gracias, Borges. Y todas las libretas. Los cuadernos. Las anotaciones aquí y allí, en tantos papelitos, en agendas, en tantos lugares. Visa o teu mosaico. Guardado entre esas tapas, entre esas cuatro paredes de hojas apiladas, estaban todos sus días, los que serán y los que han sido. Volver y volver sobre las mismas palabras, los mismos días, los mismos dichos, los mismos techos, los mismos istmos. Los mismos días de enero de 2004 Noviembre de 2003 1999 1986 1976 1966 Ocho años. Antes de la vergüenza, la traición, la humillación. Sí, ese tiempo estaba guardado en la memoria como en A cidade e as estrelas, de Arthur Clarke. Toda la historia del exilio y el retorno estaba contada. Ya estaba fuera de sí. Ahora la miraría en tantos ojos y tantas faldas y anteojos y prateleiras de tanta gente que había mirado el libro y lo llevaba y decía alguna cosa con palabras o con los ojos. Como doña Lourdes cuando lo tuvo en brazos como a un niño recién nacido, precioso: éste tiene que quedar en la Afya. ¿Por qué escribo? Para tener un lugar donde vivir. Pues ahora tengo un lugar donde vivir. Y todo lo que me ocurre es el argumento de un libro que ya está escrito y tú lees en este momento. O Carlos en el Parahyba Café diciendo de eso de ser de dos culturas y la vida tejida en dos orillas que son un solo entramado de raíces que anda de mano en mano en un libro que es un espejo de tus ojos y de tus días y de tu corazón y de los sueños que anidan en tu carne y en tu pelo. Y viendo crecer la pila de cuadernos y libretas y papeles almaço sabía que ya todo está. Que "no hay una cosa que no sea una letra silenciosa de la eterna escritura indescifrable cuyo libro es el tiempo" como Borges escribía en el prefacio de aquel I Ching rápidamente comprado en la librería de la gran aldea rumbo a los aeropuertos que se hicieron tus terminales de vida a vida.
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