| Utilidad de las culpas(1)
Rolando Lazarte, 25 de noviembre, 2003 “Bajo un monte lleno de dinero y ambiciones, siempre debe haber ese algo que no muere. Si al mirar la vida lo hacemos con optimismo, veremos que en ella hay tantos amores.” Los Iracundos
La dominación empieza con la introyección en la persona, de una imagen negativa de sí mismo, a través de la socialización. La culpa establece un diálogo interior condenatorio, que lleva a la persona a --precisamente-- sujetarse. Así, la persona se transforma en sujeto, un ser que puede --y pide-- ser sujetado. Alguien que necesita ser dominado. El tipo de gente que sustenta el sistema --relacional: político, económico, familiar, religioso, cultural-- capitalista, mercantil, en que vivimos. Todo es un uso, vale por su uso, por su utilidad. La culpa viene de la negación: una parte de mí o del mundo o de la vida que no acepto como es, que fui enseñado a no querer. Como no se puede negar indefinidamente lo que es, se instaura un infierno permanente. La condena religiosa en nombre del pecado no es más que una de las formas sociales de dominación, una de las formas como en el sistema capitalista en que vivimos, los de arriba controlan a las mayorías, a los más. En los días de hoy, la televisión sustituye en gran medida la moralina religiosa como forma de control del comportamiento.
Una persona --y son millones-- que vea televisión cuatro horas por
día, ya tiene dentro de sí infierno suficiente. La televisión
es el brazo armado del capital, su forma predilecta de causar miedo
(¿alguna vez vió en la televisión algo que no le diera
insatisfacción, inseguridad, asco, náusea, impotencia, angustia,
envidia, dolor, bronca? Debia ser un canal de cable).
Aprender a odiarse a sí mismo es el verdadero camino para el infierno portátil de estos progresistas tiempos posmodernos, masificantes (en que los tanques recorren ya no calles solamente, sino circuitos cerebrales), destructores de la persona mandálica que somos, que seremos siempre. Siempre que seamos capaces de encontrar el camino de vuelta a nuestros propios lenguajes, a nuestra imagen detrás de las imágenes que nos pegamos en la cara. En los días de hoy, las personas no se miran, no se escuchan, y cuando se tocan, lo hacen con la desesperación del hambriento que comería su madre por el hambre excesiva que admitió en sus entrañas. Un hambre imposible de llenar desde afuera con cosas, con cosas que se pueda comprar a algún precio --monetario o no-- en este sistema que hizo de la gente cosa y de las cosas más que gente: dioses. El diálogo interior repite y repite la misma canción extraña que grabaste en tu piel, hasta que te convences --y te convences todos los días-- de que eres no sé qué cosa sin valor, basura no reciclable, envase descartable como todo lo demás (las botellitas, las latitas, los niños, los viejos, los mendigos, los desempleados, los judíos, los homosexuales, los pobres). Tanto oírla y repetirla, hiciste de tu vida una canción extraña. No tu propia canción, sino una metida a fuerza de tortura, a fuerza de chantaje y negociación donde no pocas veces perdiste. El neoliberalismo es la forma más antigua y moderna de satanización de la vida, porque niega el tiempo (ahora), el lugar (cualquiera), la gente (no name), la vida (clones, replicantes, copias, androides, cyborgs, robocops), la risa, la alegría, el amor. La satanización de la risa comienza con su negación. Alguien que no rie tratará de apagar las risas a su alrededor. Será el polícía del presente, ese futuro anticipado por este antiquísimo sistema capitalista de tan solo un par de siglos. Un tiempo tan prepotente que negó para siempre el futuro al destruir el ahora a fuerza de represión sensorial: solo vale lo que compro. Lo que tiene precio en dinero. Lo que me sirve. ¿Es así? ¿O es una invención neoliberal que mañana nos pedirán para olvidar, que ocupó lugar en nuestras memorias, en nuestros ojos, en nuestros anteojos?. Sin culpa, no hay explicación ni justificativa. Hay celebración permanente, silenciosa o festiva.
Aprender a condenar a própria voz, a engolir o que sai de dentro,
é um treinamento básico na aprendizagem para deixar de ser
humano. Ao menos, humano(a) feliz. Somente quando você aprender
a se odiar mesmo, a viver insatisfeito(a), é que passará
a comprar assiduamente no Supermercado, na Mesbla, ou, quem sabe, no Shopping.
Não importa o que comprará. O que importa é que lá
estará você, vestido como deve estar vestido, com a grana
que papai ou mamai deram no bolso, pronto pra comprar o que for. O que
for? É, qualquer coisa, algo que me tire dessa sensação
horrível de estar comigo mesmo, eu que não me agüento.
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