| Construyendo un mundo mejor
Rolando Lazarte, 9 julio 2003 Volvía de la reunión de terapeutas comunitarios en la Casa de AFIA (“salud”, en un idioma africano), en el barrio de Alto do Mateus, João Pessoa, Paraíba, Nordeste brasileño. Todavía resonaban en su mente las caras y las hablas, los sentires y los abrazos intercambiados esa mañana de sábado tan distinta de otras mañanas de sábado. Una tela pintada con los colores del arcoiris, semejando una mandala concéntrica, cubría el centro de la salita de trabajos. Un cristal de cuarzo, una vela, un incienso y un vaso de agua, estaban en el centro. Efo, de Tanzania, abrió el encuentro, con una pronunciación que no disfrazaba su origen africano. Una sonrisa y un tono de voz convidativo a que todos nos presentáramos (éramos 18 personas). Una música suave ayudaba a romper el hilo de los pensamientos comunes, las preocupaciones, lo cotidiano. Cada uno de los presentes, la mayoría mujeres, dijo su nombre y la terapia diferenciada (“alternativa” no pareció un buen nombre) de que tenía conocimiento o practicaba. Teresa, Hermana Jacinta, Fernando, María, Claudia, doña Rosa, cada uno fue abriéndose como rosas de un jardín escondido entre los muros de ese pequeño recinto de paz rodeado de plantas medicinales en el Alto do Mateus. De a poco, las energías universales, el cosmos interno armonizándose con el externo, el amor, el cariño, la necesidad de darse, ocupaban el centro de las acciones discursivas. Cuán distinto de reuniones en que se habla de ganancia, se critica a los otros, se cuecen intrigas, se destilan venganzas y mezquindades. Allí se cosían hilos de amor, una construcción mágica de un mundo nuevo parido todos los días, en un trabajo concreto de asistir a los más pobres, con ellos compartiendo saberes de otras latitudes, para que todos vivamos mejor. Trabajos con arcilla, bioenergética, radiestesia, reiki, cromoterapia, renacimiento, shiatsu, do in, rezas. El mundo y el Nordeste brasileño integrándose en un único sentir, en una misma intención de ser más felices entre todos, abriéndonos a los demás, a quien está cerca y necesita, como todo ser humano, de cariño, de un toque. Antes del almuerzo, una rueda de manos entrelazadas precedió el Padre Nuestro recitado juntos. Interiormente agradeció el recomienzo eterno de la vida. El eterno retorno de esa misteriosa gracia que se renueva cada día. Cómo se respira bien, cómo el mundo es mucho más hermoso en estos encuentros de verdadera comunión redentora. Cómo, sin que se hable de ello, el amor y la esperanza reinan campeones silenciosos y evidentes. En esa simplicidad del sumar unos con otros, sin saberlo, nos hacíamos arcilla maleable, removiendo fronteras de individualismo y decepción, rencor y depresión. Ya era el segundo sábado así en 2003. Otros seguirían, en ese contínuo confluir de sentires y prácticas solidarias del cual los diarios no hablarán. Rseataurando la fé. Construyendo un mundo nuevo en nosotros y entre todos. sobre o
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